La cabaña en el árbol

¿Victoria?

Querría saber porque estoy a la 1:28 a.m. intentado escribir algo que no tendría que escribir. Tendría que saber a estas alturas que lo que no nace, proyectado desde adentro, casi nunca sirve para nada. Debería de saber que uno tiene que romperse en pequeños trocitos y proyectar el vómito de su dolor en las letras. Pero hoy me rebelo, una vez más, me rebelo de lo que debería ser y de lo que tendría que estar escrito en el programa de eventos, en la telaraña del tiempo y sus rutinas/pautas marcadas.
Quizás aún quiera seguir siendo ese niño roto que todo le provoca curiosidad, alegría o tristeza. Quizás es la rebeldía de quien no ha querido salir de su nido de convicciones y retales de mil otras cosas extrañas.

Aún escribo desde mi cabaña en el árbol, espacio angosto, repleto de hormigas en verano, pero con una hermosa y preciada sensación de libertad. Desde el metro y medio que me separa del suelo puedo soñar. Puedo refugiarme de los problemas y seguir dibujando en las nubes un mañana mejor.

Idealista, inconformista, rebelde, infantil, recuerdo y pasado, pero optimista. Pragmático y realista también.

Me gustan las calles imperfectas, los recuerdos fantasiosos, los finales agridulces, los cafés cargados con licor, las mañanas no resueltas, las lágrimas pegadas en los ojos, los escritos inconexos, incompletos y caóticos. Romántico, fuego entre fuegos, hielo y hierro. Mis pieles me visten diferente en cada ocasión y mi nostalgia es la nostalgia de todo poeta noctámbulo, errático, incomprendido, que, en las letras con grandes trazos de mediocridad, pretende encontrarse.

Soy transparente, pero este texto y su aguijón
mueren con el punto y final.

a.m.

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