Ashburn y la 91

Chicago

 

Fueron unos pocos metros, quizás cuarenta o cincuenta, hasta llegar a la estación más cercana de tren. Pero en aquel pequeño recorrido se almacenaron grandes dosis de amargura.

Crujía la nieve bajo mis pies y las ruedas de las maletas en más de una ocasión se quedaban colapsadas por lo que tenía que parar para sacudirles el hielo. Dejo atrás mi calle, la 91 Sur y continúo por la acera. La estampa sería de película, si no fuera porque yo era el protagonista de la escena. Un tráiler aparcado a lo largo de la última calle, botellas de wiski barato semienterradas en la nieve y la entrada por el pasaje de las vías de tren hasta llegar a la plataforma, todo, en gran soledad y frío.

Pasaje que por la noche me aterraba, solían pasar por allí los coches de los pandilleros con la música a todo volumen y una noche se escucharon, algo similar, a disparos de pistola.

Y es que ya en mi contrato lo dejaba bien claro, no podía entrar nadie más que yo en la habitación, no se podían entrar drogas a la casa ni fire arms (armas). La firma de aquel contrato me llegó y de alguna forma me advirtió de donde me metía. La calle 91 sur no figura en los mapas turísticos de la ciudad, ni siquiera en la historia de los Obamas, ya que ellos estaban más cerca del cetro de donde yo me hospedaba.

En aquel estudio reconvertido en habitación pasé dos largos y tortuosos meses de invierno. Una combinación de melancolía y belleza extrema. El barrio se caracterizaba por zonas conflictivas y zonas más o menos civilizadas. En mi calle no solía haber problemas, pero si te metías un poco más adentro en Ashburn (así se llamaba) podías ver casas con la puerta abierta, ventanas tapadas con bolsas de basura y cámaras de vigilancia policial en cada esquina. Bien señalizadas y con sirenas para disuadir a los malhechores

Chicago creó un gran impacto en mí. Fueron meses difíciles, ya que todo el viaje se había complicado. El robo de mis tarjetas de crédito justo el día antes de salir, los precios desorbitados de las habitaciones en la ciudad que me forzaron bajar hasta el sur más profundo de la ciudad y un goteo de infortunios plagaron un viaje que por lo demás fue maravilloso y muy enriquecedor.

Después de estar unas semanas en un hotel céntrico empecé a buscar habitación, el precio medio ronda a los 1000€ en la zona norte y más céntrica de la ciudad, allí donde la gran mayoría de la población es blanca y unos 500-600€ en la parte sur, donde yo me hospedaba. Era curioso ver tan flagrante diferencia racial entre las dos zonas de la ciudad. Cuando subes al Loop, denominado así porque hace un círculo en la parte central de la ciudad, puedes ver en las dos andanas las diferencias raciales. En la parte que va hacia el norte la andana está repleta de hombres de negocios y gente de clase media blanca y en la andana sur, en su gran mayoría gente latina y de color. Era gracioso, por llamarlo de alguna manera, ser la única persona blanca o más bien pálida de frío, en el autobús o en el metro durante muchas paradas hasta que no te acercabas al centro.

Todo esto venía por la imagen de este texto. Esta es la imagen de la parada donde me subí al tren y nunca (hasta el momento) volví a esta mística ciudad llamada Chicago.

En aquel pequeño tramo de recorrido se plasmó la derrota, después de dos meses largos donde había luchado por encontrar una oportunidad para quedarme, legalmente, en la ciudad. En algunos momentos parecía cercana y luego rápidamente se desvanecía. Algunas, pocas, amistades se han mantenido con el tiempo y los recuerdos en la gran mayoría son positivos, aunque el sabor a derrota a día de hoy se conserva en estas imágenes. Saber que había “perdido” los ahorros de casi dos años y que no tenía más remedio que volver a España me derrumbaron.

Desde que había entrado en el aeropuerto, en 2007, me puse como objetivo irme a vivir a los Estados Unidos por una temporada larga. Pero las tramas burocráticas y mi falta de conocimiento en algunas materias lo impidieron. Además, creo que tampoco estaba del todo preparado para la experiencia, seguramente.

De esos viajes (fueron dos, este el último) conservo infinidad de buenos recuerdos y lecciones aprendidas, un mínimo de madurez y también de apatía. Realismo frente a infantilismo e idealización. Todo apuntaba que saldría de esta manera, pero tenía que tentar a la suerte, ya que ella no te viene a buscar si tú antes no la llamas.

Cómo última anécdota, decir que estuve a punto de ver al presidente Obama en un evento que se celebraba en la ciudad. Ya que había donado dinero a la campaña y me llegaban los correos de ellos, pero por falta de confianza y que estaba bastante alejado de donde yo estaba me eché para atrás. Quizás esto fue de lo que más arrepiento de todo el viaje. Todo lo demás fueron lecciones que uno supera con amargura, pero supera. Espero que el tiempo me dé una nueva oportunidad para viajar a los USA y por qué no, conocer a los Obama.**

Alex [a-m]
**Si habéis visto la serie Shameless, está basada en esa parte de la ciudad, aunque por referencias mencionan a la 45 y la 75 pero no la 91!!

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