Con orgullo

Los disidentes

En aquella pequeña república, postsoviética, aún no había caído el muro, se alzaban puños al aire y ondeaba con orgullo la bandera de la hoz y el martillo. Allí todo era orden y disciplina, todo tenía que ser como el comandante ordenara. Comunistas, muy mucho, grandes veedores de épicas batallas, tertulianos y sabedores de todo lo que acontecía a su al rededor.

El pueblo aclamaba a su líder, cuando paseaba con su flamante tractor, signo de distinción y progreso. Unidos a la tierra, al sudor de la frente y al trabajo duro. La estampa era completa: mujer obediente y dos sobresalientes hijos, lo mejor de lo mejor de la campiña. Orgullosos de esa nación, se hacían fotografías conmemorativas, reuniones de camaradas y otros idilios sociales, todo era paz y orden.

Pero sobre aquella pequeña e idílica república planeaba una sombra, un viento frío, que penetraba en los ideales de los republicanos avezados. Había gente, de extramuros, que planteaba ideas diferentes. Hablaban con respeto, defendían la libertad de expresión y cada uno tenía su propia voz… Disidentes envenenando las mentes puras y naïve de ese gran/pequeño país. Pero el gran líder estaba alertado ya, como gran sabedor se adelantó al virus contrarrevolucionario de la pequeña burguesía, por eso, se crearon listas negras, personas indignas a los que no había que dirigir la palabra, personas a degradar a toda costa y que no merecían respeto. El opio del pueblo, la susodicha “democracia” que el enemigo infestaba en las mentes de los pobres republicanos había que combatirlo con cualquier medio al alcance.

Cada uno en esas listas, era indiferente el parentesco, llevaba asociado un adjetivo: calzonazos, maricón, blandengue, fascista etc.

Es por eso que sus fieles seguidores apartaban y humillaban en cada ocasión posible al enemigo. Estos solo querían destruir la idílica república, allí donde la libertad, el aire fresco y el trabajo digno son bandera. Había que expulsar toda infiltración del enemigo, denigrarlo, atacarlo verbalmente, no eran dignos de pisar la gran patria.

Por ende, se aislaron, todo lo que decía el gran líder se convertía automáticamente en ley, permanecieron en estado de alerta y de excepción permanente, la ley marcial se implementó.

Pero fue demasiado tarde, allí, en el mismo palacio de invierno se estaba gestando la contrarrevolución.

El germen ya estaba inoculado en los republicanos, no había marcha atrás. Los días de la gloriosa república estaban a punto de quedar en el pasado.

Ladrillo a ladrillo, el muro que les separaba con la verdad fue cayendo uno a uno. Los insultos, los ataques fueron in crescendo, había que sofocar la rebelión a toda costa. Las exaltaciones y la desconfianza se hacían patentes día a día, era sólo cuestión de tiempo.

Y así fue como partieron los disidentes, rumbo al exilio, con la etiqueta de traidores e ingratos a la gran patria machista y homófoba que les había teñido con el mismo color rojo de la bandera.

Sin mirar atrás empezaron a formularse otras preguntas, expandieron horizontes. La gran bandera roja, que les había cubierto de rojo vergüenza se iba destiñendo y en el balcón lucia la única bandera que con orgullo podía lucir, la bandera arcoíris, signo de liberación y paz.

Feliz Orgullo

 

Alex Madueño

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