Sangre en las aceras

Ile de Montreal

Ile de Montreal

pupilas dilatadas, el pulso te va a mil. ahora empieza la subida, el éxtasis. te habías prometido una y mil veces que no volverías, que lo dejarías, pero entre visión y visión la verdad se hace latente. eres un adicto. naciste del lado equivocado de la valla, del lado equivocado de la ciudad, del lado equivocado de la vida. estás solo. todos se han apartado de ti. ahora con el chute, estás volando, no sabes ni siquiera donde estás. quizás sea un descampado, una tienda de campaña de ciudad, una acera del Raval o quizás ya te haya borrado la muerte. para el resto de la sociedad no eres nadie. no eres ni reciclable. no vales nada. en realidad, la vida, te lo lleva recordando desde que tienes uso de razón. nadie ha apostado por ti. nadie ha dado un duro por tu futuro. aquí vale el ahora, el ahora o el nunca. hay que sacar la cabeza como sea, pero el agua lo cubre todo. aquellos que deberían ayudarte, guiarte, son los que cuando te ven luchar desde más abajo te tiran hacia ellos. o todos o nadie. de dónde tú vienes el amor es algo del marketing capitalista. sale reflejado en el televisor. nunca tuviste realmente una oportunidad para coger oxígeno. para ser uno de los que se mueven por la realidad con la cabeza alta, con teléfono móvil o gafas de sol a la moda. tú eres el que les mira desde abajo, con el cartón entre las piernas pidiendo una ayuda, pero todos pasan de largo.

ahora duermes, estás cansado de luchar. las lágrimas se secaron hace mucho tiempo. y si fluyera algún líquido de tus lagrimales, nadie repararía en ello. ellos no te miran, en realidad ellos te temen. temen que alguien pueda acabar así. temen ser tú, después de una bofetada de la vida. por eso no te miran. por eso no te hacen caso. se miden contigo y saben que nunca serán tú. pero tú, también eres fruto de ellos. tú fuiste el niño que nadie educó. por el que todos sentían pena, pero nadie hacía nada. de albergue en albergue. de pelea en pelea. dejaste de ser el niño para ser un error más del sistema. ya no das lástima siquiera. o eso es lo que se repite en tu cabeza. día tras día. hora tras hora. en realidad, este es uno más de tus sueños lúcidos. aquellos sueños que tu llamas premonitorios. dentro de ti. en lo más oscuro de tu pozo, quizás en el inicio de todo tu dolor enquistado, brilla un pequeño halo de luz. tan débil, que solo puedes ver en sueños. en realidad, ahora lo único que estoy haciendo es narrarlo. no puedo dejar de teclear algo, que yo no soy. algo que yo no he sido. quizás el reflejo del ordenador sea esa pequeña luz que brilla en un día de frio, en una acera de una gran ciudad americana. allí, se acaba de apagar una vida más. no se dará cuenta nadie hasta al cabo de unos días. quizás alguien que quiso preocuparse por esa luz ahora apagada, quizás alguien en la misma situación. pero nadie se pregunta, ni de un lado, ni del otro, quien es la persona que yace allí, entre harapos y chatarra. nadie se pregunta quién maltrató a esta persona para que la vida le llevara a morir en una acera fría y gris, de un mes de diciembre cualquiera. nadie le velará. no llevará identificativo su lápida. aquella pequeña luz enquistada en lo más hondo de su alma le despide y le saluda. lo siento compañero de experiencia terrenal, la suerte nunca la tuviste de tu lado. ahora te pongo voz y cierro tu expediente de alguna forma.

mañana alguien anónimo pondrá unas flores donde estaba tu pequeño fuerte a modo de tienda de campaña, junto a estas palabras: «Bajo la enseña de la libertad, sigue muriendo demasiada gente pisoteada.»

Un relato escrito por:
Alex Madueño